Corto o largo; liso o rizado, teñido o natural… En todas las características capilares, el estilo de peinado que finalmente se luce tiene el mismo origen: agua y champú. Y es que este gesto tiene muchas repercusiones que van a más allá de la simple higiene: saber cómo lavarse el pelo y hacerlo adecuadamente es la premisa básica de la salud capilar y la “fórmula ganadora” para tener un pelo sano y bonito.

cuidado del cabello

Por ello, es tan importante saber elegir el champú. Hay muchas ideas erróneas en torno a este producto. Por ejemplo, una de las quejas más frecuentes es la de “este champú ya no me va bien”. En efecto, la efectividad de este producto no se mantiene inalterable en el tiempo, pero no porque el champú haya cambiado sino que es el cabello el que atraviesa por distintas circunstancias (hormonales, climáticas, la edad…) que hacen que ese champú que se ha usado “toda la vida” deje, de repente, de funcionar. Es el cuero cabelludo el que lanza el “SOS” a través de señales como picor, rojez, irritación e incluso descamación. En estos casos, se deben probar otras alternativas hasta encontrar la que se adecúe mejor a las nuevas necesidades capilares.

Otro error frecuente consiste en utilizar un champú que, por muchos “pluses” que aporte (antiedad, hidratante, nutritivo…) no es específico para nuestro tipo de cabello. Y, en la misma línea, es también habitual cometer errores en cuanto a la frecuencia de lavado, fruto de la falsa idea, muy extendida, de que lavar el cabello a menudo lo estropea.

Tal y como recuerdan los expertos de Svenson, cada cabello es único y requiere unos cuidados especiales. Así, por ejemplo, el pelo graso necesita una limpieza muy frecuente y el uso de champús con un pH regulado, que limpien en profundidad pero sin irritar el cuero cabelludo; para el pelo fino hay que utilizar champús extrasuaves, evitando aquellas formulaciones que contengan sulfatos, mientras que las fórmulas que incluyen ingredientes reparadores y reestructurantes son las más adecuadas para el cabello seco y estropeado.

Además de la elección del champú, en la rutina de cuidado del cabello es también muy importante la forma de aplicación. Lo ideal es depositar una pequeña cantidad en la palma de la mano y usarla después sobre la raíz mediante un suave masaje (¡nunca hay que frotar!). La cantidad de producto depende de la longitud del cabello, pero siempre es mejor optar por la máxima de “menos es más”.

La temperatura del agua es un factor clave: hay que evitar que sea muy caliente, ya que el efecto del calor puede alterar el cuero cabelludo, y siempre es aconsejable que el último aclarado se haga con fría, un truco con doble efecto: por un lado, ayuda a cerrar la cutícula (mejorando el aspecto del cabello y evitando el encrespamiento), y, por otro, es el mejor aliado del brillo capilar.

Evitar frotar el pelo con la toalla para eliminar la humedad; peinar (nunca cepillar) con mucho cuidado el cabello húmedo (especialmente si es fino o quebradizo) y leer la etiqueta para comprobar que los ingredientes y propiedades del champú se adecuan a las necesidades específicas de nuestro cabello son otras pautas importantes que aseguran una rutina de cuidados efectiva.

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